Inteligencia Artificial (III)

Desde Pascal y Leibniz, la humanidad viene imaginando la posibilidad de máquinas que realicen tareas intelectuales. Durante el siglo XIX, Boole y De Morgan idearon «leyes de pensamiento», en concreto el cálculo proposicional como hemos visto en esta página en otras publicaciones, que significaron el primer paso hacia el software de IA. Charles Babbage, por su parte, inventó la primera «máquina de calcular», convirtiéndose así en el precursor del hardware de las computadoras, y por consiguiente de la IA.

Podría decirse que la IA llega a la existencia en el momento en que las invenciones mecánicas toman a su cargo diversas tareas que, hasta entonces, únicamente eran realizables por la mente humana. No es fácil echar una mirada retrospectiva e imaginar los sentimientos experimentados por los primeros que presenciaron la ejecución, a cargo de engranajes, de sumas y multiplicaciones de grandes números.

Quizá sintieron un temor reverente, al ver como fluían «pensamientos» de un hardware estrictamente físico. De todas formas, sabemos que, casi un siglo después, cuando se construyeron las primeras computadoras electrónicas, sus inventores experimentaron el sentimiento místico y sobrecogido de encontrarse en presencia de otra clase de «ser pensante». En qué medida había allí pensamiento real se planteó como un enorme enigma. Aún hoy, este problema sigue siendo una fuente tanto de interés como de ferocidad polémica.

Es de hacer notar que, en la actualidad, no hay prácticamente nadie que sufra ya de ese pensamiento de pavor, pese a que las computadoras efectúan operaciones increíblemente difíciles e, incluso, cálculos imposibles para el ser humano.

Hay un «teorema» asociado al progreso de la IA:

Una vez programada una determinada función mental, la gente deja muy pronto de considerarla un ingrediente esencial del «pensamiento real».

El núcleo irrefutable de la inteligencia siempre reside en esa zona contigua que todavía no ha sido programada. Este «teorema» fue comentado por Larry Tesler hace décadas en un intercambio de puntos de vista sobre la IA entre varios expertos del tema.

El ajedrez por computadoras, por su parte, probó ser mucho más dificultoso de lo que habían sugerido las estimaciones intuitivas iniciales. De nuevo aquí resulta que el modo en que los seres humanos representan una situación ajedrecística en sus mentes es mucho más complejo que el mero conocimiento de cuál pieza está en cuál cuadro, asociado al conocimiento de las reglas de juego.

Dicho modo implica la percepción de configuraciones integradas por diversas piezas relacionadas entre sí, tanto como el conocimiento de heurísticas o reglas de oro, las cuales están vinculadas a aquellos bloques de alto nivel. Aunque las reglas heurísticas no son rigurosas al modo de las reglas oficiales, abren atajos que permiten la captación de los que está sucediendo en el tablero, cosa que no ocurre con las reglas oficiales.

Visualización la complejidad del pensamiento de la Inteligencia Artificial (IA) en la actualidad

Esto fue claramente reconocido desde el principio, sencillamente, se subestimaba la importancia del papel llenado por la compresión intuitiva y en bloques del mundo ajedrecístico con respecto a la habilidad humana en este campo. A finales de la década de los ochenta del siglo XX, se predijo que un programa dotado de una determinada heurística básica, aunada a la velocidad deslumbrante y a la exactitud de una computadora para efectuar anticipaciones y analizar cada posible jugada, derrotaría fácilmente a jugadores humanos, cómo finalmente ocurrió.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿Cuándo es original un programa?

El problema de una programa que sobresale con respecto a su programador está vinculado con la cuestión de la «originalidad» en IA. ¿Qué sucede si una programa de IA se aparece con una idea, o un línea táctica en un juego, que el programador jamás consideró? ¿A quién le corresponde el mérito? Han ocurrido multitud de casos en la actualidad, pero a finales del siglo XX ocurrieron algunos en un nivel enteramente trivial, otros a un nivel mucho más profundo que, por su novedad, fueron ampliamente estudiados por sus implicaciones.

Uno de los más célebres de aquella época tuvo lugar con un programa para hallar demostraciones de teoremas, en el campo de la geometría euclidiana elemental, formulado por H. Gelernter. Aquí una parte de su trabajo en este área. Un día, el programa obtuvo una demostración deslumbrantemente ingeniosa de uno de los teoremas fundamentales de la geometría, el denominado pons asinorumpuente de peaje.

Dice este teorema que los ángulos de un triángulo isósceles son iguales. La prueba habitual requiere un trazado de una altura, la cual divide al triángulo en mitades simétricas. El elegante método descubierto por el programa no empleó el trazado de ninguna línea. En lugar de ello, consideró al triángulo y a su imagen reflejada como dos triángulos diferentes. Luego, habiendo probado que ambos eran congruentes, señaló que los dos ángulos de la base se equiparaban entre sí en esta congruencia: quod erat demonstrandum.

Esta joya de demostración deleitó al creador de programa y a otras gentes, algunos vieron en ella evidencias de genialidad. Sin ánimo de empañar la hazaña, digamos que, en el 300 A.C, el geómetra Pappus ya había descubierto esta demostración. De todas maneras, la interrogación sigue en pie:

¿A quién corresponde el mérito? ¿Esto es un comportamiento inteligente? ¿O la demostración se encontraba profundamente oculta en Gelernter, y la computadora se limitó a traerla a la superficie?

Pappus de Alejandría

Parece razonable presumir que, si uno puede atribuir el logro a determinadas operaciones que son fácilmente rastreables en el programa, en algún sentido, entonces, el programa sólo estaba revelando ideas escondidas en su esencia, aunque no muy profundamente, en la propia mente del programador. A la inversa, si el seguimiento del programa no sirve para esclarecernos en cuanto a por qué surgió este descubrimiento particular, quizá deberíamos comenzar a separar la «mente» del programa de la de su programador.

Al ser humano le corresponde el mérito de haber inventado el programa, pero no de haber tenido en su propia cabeza las ideas producidas por el programa. Entonces, podemos decir que el ser humano es el autor del autor del resultado, y que el programa es el autor.